Un 2007 menos racista

Por Mariella Balbi

Para una sociedad que quiere progresar, el racismo es una traba y una lacra, tanto como lo sería una hiperinflación o un manejo corrupto de las arcas fiscales. Y las cosas empeoran cuando esta relegación se ejerce hacia personas del mismo país. En nuestro caso, entre peruanos. No es que la xenofobia o el racismo al inmigrante pase más piola y sea menos destructiva, pero -honestamente- es mucho más doloroso que las baterías de la exclusión se enfilen hacia los conciudadanos.

Discriminar a alguien por su color de piel, por su origen andino o por su condición social es pan de cada día en el Perú. Hace poco supimos que el personal de las Fuerzas Armadas que cumple funciones en el Congreso consideraba que los ayacuchanos que lo visitaban "olían a queso" y eran personas no gratas para estos suboficiales, confirmando aquello de que el llamado cholo "cholea" tanto o igual que alguien que cree tener níveos pergaminos.

Para bien o para mal, antes el racismo era más soterrado, hipócrita y no declarado. De palabra se negaba rotundamente este enquistado sentimiento, en los hechos las actitudes eran ferozmente atávicas. Ciertamente, lo siguen siendo.El cambio radica en que ahora ya no hay tanto miramiento en afirmar un punto de vista segregacionista. Lo vimos en un reportaje en la 'tele', donde se preguntaba a todo tipo de peruanos si era lícito que algunos locales impidieran el ingreso a personas no consideradas adecuadas por su aspecto principalmente andino. Muchos decían que sí, que alguien de tez cobriza incomodaba y 'maleaba' el sitio en cuestión.

Lo fatal de esta íntima vivencia es que no nos reconocemos como iguales, menos como pertenecientes a una sola nación, acentuando la desintegración en la que estamos metidos y que no nos favorece en nada. Lo peor es que el racismo impide que nos identifiquemos con nuestra historia y tengamos un necesario, además de legítimo, orgullo nacional. En la práctica eso se traduce en desasirnos de nuestro fascinante pasado prehispánico. Algo tan excepcional como, por ejemplo, el complejo arqueológico El Brujo, en Trujillo, o la recientemente descubierta Dama de Cao es visto por muchos con torpe indiferencia. No se sienten pertenecientes a ese Perú. En la otra orilla, quien vive en la serranía probablemente reniegue en su fuero interno de su origen, añorando rasgos y un color de piel distinto, sin poder valorar su ancestral riqueza cultural.

Unos se sienten avergonzados de los otros y estos se avergüenzan de sí mismos, fatal combinación, explosiva convivencia en un país milenario y singular, ojo que no hay muchos en el mundo. Los extranjeros que nos visitan se sienten chocados con esta realidad. Si queremos menos pobreza, mayor inclusión, un propósito indispensable para este 2007 es bajarle el tono al racismo local, hasta económicamente es lucrativo.

Fuente: www.elcomercioperu.com.pe