Por Juan de la Puente
Las ONG son atacadas en el mundo desde el inicio de la globalización por los radicales de derecha y de izquierda al mismo tiempo; los primeros las acusan de comunistas y los segundos de instrumentos del imperialismo. El ventarrón anti ONG llegó al Perú hace dos años –como siempre tarde– de la mano de algunas empresas que se resisten a las buenas prácticas ambientales. Y han tenido un éxito parcial, especialmente mediático, a tal punto que en algunos sectores empresariales y estatales ONG es una mala palabra.
No obstante, esta campaña le ha servido muy poco al mundo empresarial y le ha perjudicado más. Y como dominan el costo-beneficio ya deberían estar sacando cuentas. La guerra de la empresa contra las ONG puede ser victoriosa en casos aislados, quizás para arrinconar a quienes se oponen a algún proyecto minero. No obstante, en términos generales es una guerra perdida. Los líderes empresariales deben saber que la desconfianza ciudadana respecto al rol político y social de la empresa en el Perú –inevitable variable del mercado y la globalización– va en aumento y que sus repercusiones tarde o temprano los afectarán.
El liderazgo empresarial, mayoritariamente mercantilista, se muestra desorientado e incoherente. Demanda desregulación y, al mismo tiempo, control de las ONG. No entiende que de la reducción del Estado de los años noventa ha surgido un tipo de regulación social que hoy ejercen las ONG e incluso los medios. Tampoco entienden que esa regulación social es una consecuencia natural de la globalización.
Pero hay una tendencia nueva. En otros países emergentes los líderes empresariales han puesto en marcha la cooperación empresa-ONG cuyos logros en la India, por ejemplo, son ya reconocibles. Uno de ellos es la alianza entre la ONG Pratham y Microsoft para entregar computadoras a bajo costo a las personas de bajos recursos. En ese país como en otros, la empresa ha empezado a hacer negocios con las ONG y ha convergido con éstas en cánones de consumo, de salud, ambientales y nutricionales. En esa dirección son también buenos ejemplos los pactos entre las empresas y las ONG –vía las Naciones Unidas y la Unión Europea– para la certificación voluntaria de la madera y los diamantes, a través de Forest Stewardship Council y Kimberley Process. En estas alianzas, las palabras claves son responsabilidad social, pacto social de la empresa, nuevos mercados con valor social, mercados de nicho, inclusión económica de los pobres y autorregulación.
Mientras el liderazgo empresarial no asuma que la empresa que invierte por sobre las reglas establecidas debe ser pasible de la regulación estatal y social, y que el problema no está en los otros, no transitará hacia la cooperación. En tanto, repiten lugares comunes francamente dramáticos, por premodernos, como que las ONG son politizadas, que son financiadas por el exterior y que no quieren el desarrollo. Ensayan el discurso dicotómico clásico de la oligarquía peruana de buenos contra malos ¡50 años después del gobierno de Odría!
Si cambian se darían cuenta de que hay mundo nuevo. Que la calidad de la educación como desafío no se lo debemos a los partidos sino a la prédica de las ONG por más de una década; que el mercado de las ONG peruanas está lleno de vitalidad; que las ONG promueven empresas y fomentan el crédito (casos de la Red Idesi y Copeme), asesoran la inversión pública en obras comunales (ayudando a Foncodes); vigilan la neutralidad electoral (Transparencia); fomentan las buenas prácticas gubernamentales (Ciudadanos al Día); fiscalizan la responsabilidad legislativa (Reflexión Democrática); denuncian la explotación sexual infantil (Acción por los Niños); fomentan la gobernabilidad del agua (Iproga), impulsan la reforma del Estado (ILD) y la reforma judicial (IDL); o defienden a los consumidores (Aspec), y los derechos humanos (Aprodeh).
¿Las ONG hacen política? Claro, y los gremios empresariales; y los líderes sindicales; y los líderes de opinión. Y está bien que lo hagan, y deben seguir haciéndolo. El patrimonio de la política partidaria sigue siendo obviamente de los partidos, pero la política es un quehacer de todos que se ejerce de modo individual y colectivo (artículo 2° inciso 17 de la Constitución). Así vistas las cosas, el problema no es la política sino la antipolítica; no las ONG sino el imaginario conservador, perezoso y atrasado de quienes defienden mal hasta sus propios intereses inmediatos.
Fuente: www.larepublica.com.pe


