Por Manuel Burga*
Ahora que el año termina con una amenazante crisis financiera, cuando se multiplican las críticas a las políticas públicas del gobierno actual, no se puede dejar de preguntarle a la historia por qué no estamos mejor, por qué las crisis siempre nos acompañan, por qué pareciera que países que antes fueron nuestros pares ahora parecen estar mejor e incluso los otros, los que eran aún menos que nuestros pares, parecen mejor. Esta vez quisiera dar la palabra a mis alumnos de San Marcos, para responder a través de sus respuestas y para mostrar que los sanmarquinos no solo se preocupan por su suerte sino también por la de todos los peruanos.
El segundo semestre 2008 lo dedicamos, en el Seminario de Tesis II, a discutir temas del período 1871 a 1919. Analizamos el clásico ensayo de Manuel Pardo sobre la provincia de Jauja de 1860, El Liberalismo peruano de 1858 de Raúl Ferrero Rebagliati (también un ensayo) y el extenso libro de Carmen Mc Evoy de 1993, La Utopía Republicana. Los puse frente a tres autores muy diferentes, un presidente del siglo XIX, un jurista del siglo XX y una historiadora profesional de la actualidad, que parecen estar unidos por el amor al país, la simpatía por el liberalismo y la desilusión por la república. Los tres coinciden en señalar, cada uno a su manera, que la clave la encontramos en la poca fortuna que tuvo el republicanismo cívico, el buen republicanismo, frente al republicanismo autoritario, caudillista, patrimonialista, que desafortunadamente triunfó.
Al final, para responder por escrito, les hice la siguiente pregunta: ¿Por qué la teoría, los modelos o las doctrinas, modernas y propias del siglo XIX, como el liberalismo, doctrinario o radical, no se convirtieron en logros materiales y duraderos para nuestro país? La respuesta del alumno Alexander Vidal, que resume casi el consenso de mis 24 alumnos, dice: “El Estado republicano fue construido sobre las bases del Estado colonial y no hizo más que reproducir situaciones ya conocidas”. Reprodujo la autoridad incontestable del virrey, pero generando un autoritarismo ilegítimo constantemente disputado por los caudillos militares. El alumno Pedro Mejía, en la misma línea de reflexión, agrega: “Por qué ningún proyecto político en el gobierno pudo separar lo público de lo privado”. Es decir casi todos los caudillos, o los grupos en el poder, consideraron al Estado como un patrimonio a repartir y compartir entre sus clientelas.
Algo muy similar, pero enjuiciando a la clase política de entonces, encontramos en las palabras del alumno Christian Alan Camarena: “…el Partido Civil, se formó con personas que dominaban la esfera de la banca y con hombres muy bien letrados, pues bien, estos hombres no pudieron hacer un proyecto de patria porque no tomaron en cuenta al resto”. Quizá esta actitud, propia de las “argollas” de la época, se explica –como dice el alumno Jorge Castro– por la “carencia de una identidad nacional integradora y tolerante”.
Rubén Bejarano, alumno siempre presente, resume bien lo que opinan muchos: “La clase política en vez de desarrollar las industrias nacionales para competir con los productos extranjeros desarrolló más bien un modelo exportador de materias primas”.
Esto no fue necesariamente liberalismo, sino más bien parte de la herencia colonial y más bien podría ser consecuencia de la tantas veces mencionada ausencia de una auténtica clase burguesa reformista liberal. Aunque no podemos dejar de mencionar el inteligente ensayo de Manuel Pardo de 1860, publicado cuando tenía 25 años, doce antes de asumir la presidencia del país, donde propone que “Es indispensable establecer fábricas a lo largo del Perú y promulgar decretos con la finalidad de atraer a sus costas hombres industriosos y trabajadores”. Aquí indudablemente aparece como un liberal moderno, tan moderno que parece tentado por las emociones reformistas y radicales de Henri de Saint-Simon, de culto al trabajador, al industrial y a la fábrica.
Pero le sobrevino la muerte, lo asesinaron en 1878, cuando tenía 44 años. Entonces mis alumnos también recurren a la contingencia de la muerte para tratar de responder a la pregunta inicial. Cuatro coinciden en señalar que la clave la encontramos en la Guerra con Chile, iniciada cinco meses después del asesinato de Pardo. El magnicidio de Balta en 1872, seguido por el de Pardo, son los síntomas extremos de esa enorme inestabilidad interna que afectaba a nuestro país y que abrió las puertas a los ejércitos chilenos.
Finalmente, las teorías, las doctrinas, los modelos, siempre tan contingentes, palidecen frente al Perú como proyecto común. Mis 24 alumnos cerraron filas alrededor de la nación, sin importar los matices, incluso coincidiendo con la expresiva cita de Manuel Pardo: “En medio de las disidencias políticas, que alejan a los hombres, hay siempre un lazo que los une: el amor a su país y el vivo anhelo por su felicidad".
Fuente: www.larepublica.pe