Por: Joan Medusa
La instauración de un Museo de la Memoria es uno de los temas más importantes de actualidad local, esta exposición permanente vendría a ser el punto final de una cuestión ya zanjada y resuelta. Si las conclusiones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación definen el análisis de los años de violencia endémica en la que una facción subversiva siembra el terror y la destrucción y que encuentra su correlato en la respuesta del Estado con masacres, fosas comunes y desaparecidos, acciones que llevo a cabo el ejército peruano tanto de forma abierta como de manera clandestina, el Museo vendría a significar el cierre ponderado y mesurado de estas conclusiones, la definición a la que llega la sociedad peruana encarando su pasado reciente de cara al presente y al futuro. Entonces, es posible concluir que el denominado Museo de la Memoria, proyecto que nace de la proyección fotográfica Yuyanapaq (cuya traducción del quechua es “estoy recordando”) y a raíz del ofrecimiento presupuestario del gobierno alemán para su construcción, es el colofón necesario, el final del camino de una reflexión madura que instauraría así una memoria siempre atenta a volver la mirada a un pasado doloroso que no tendría porque repetirse.
Hasta allí todo parecería estar bien encaminado, pero…
A las voces de apoyo a dicho proyecto, voces y sentimientos de consideración, almas ponderadas bien intencionadas, se opone la controversia de quienes defienden a las fuerzas armadas de los excesos cometidos y por otro lado quienes justifican la guerra por la situación de miseria en que se encontraba la mayoría. En el tema del Museo, los primeros señalan que o bien se deje en claro que los causantes de la violencia fueron Sendero Luminoso y el MRTA y que si aquello no se aclara de esta manera pues debe declinar ese propósito. Los segundos mencionan que la solución no es un Museo, sino una amnistía política para ingresar luego a una verdadera reconciliación.
Aparentemente dos fuerzas irreconciliables ese es el panorama que se refleja, y que deja entrever la clase política, las instituciones pertinentes en Derechos Humanos y los medios de comunicación, pero el contexto no penetra en la verdad de fondo, cuya raíz tiene y guarda un carácter eminentemente político. Podemos correr el riesgo de complejizar aun más la problemática, pero desde ya creemos que debemos afrontar tal circunstancia; porque sino, a falta de un verdadero debate nacional seremos simples espectadores del espiral de violencia que a través de la historia cíclicamente volveremos a repetir en el escenario de los acontecimientos sociales y que por ende volverán también los hechos colectivos de sangre.
Si esto es ya inminente por el cierrapuertas a un verdadero diálogo, y siendo esto parte de la irreversibilidad de las circunstancias actuales y si estamos siendo encaminados al choque y a la confrontación permanente, queremos dejar en claro que existen otras opiniones y posiciones frente al asunto mencionado que deben manifestarse.
Como primer punto valga la mención de que las conclusiones finales de la CVR no permite una lectura amplia, es decir, no incluyeron a todos los frentes involucrados en el conflicto en igualdad de condiciones para manifestarse, y es aquí donde se encontraba uno de los aspectos básicos que constituía la razón de ser de esta agrupación de sectores de la sociedad civil y establecía una investigación total, no tomar en cuenta aquello significó dejar de lado un real estudio de aquellos profundos factores sobre los que se desencadenaron el conflicto. Recoge testimonios, relatos, informes necrológicos y estadísticas de las víctimas, también de familiares de desaparecidos y traza con ello una conclusión que ubica el motor y núcleo de la violencia en las causas de miseria y abandono de gran parte del país, pero que en su difusión y alcances a la sociedad los medios trastocan en insania y la pura perversión psicológica. Menciona que las fuerzas armadas incurrieron en excesos en el restablecimiento del orden en las zonas de conflicto, lo que causa escozor en los medios castrenses que no que no llegan a entender la incomprensión en la lucha con un enemigo casi invisible; soldados y oficiales exhiben sus heridas amparados por sectores políticos afines a Fujimori y el APRA que ensalzan a sus caídos y mutilados como héroes de la lucha antisubversiva.
La discusión se ha centrado así en la permanente tensión entre dos posiciones contrarias. Como en Chile luego de que Pinochet dejara el poder, o Argentina con el retorno de los civiles. En el Perú estas dos no son los únicos frentes como las apariencias parecerían mostrar.
Creemos que en el futuro cercano se irá fortaleciendo un debate nacional que no se parcialice con los rencores viscerales, con el odio que supuran alegatos y acusaciones de ambos sectores, en el presente político todo ello esta siendo canalizado por los intereses de poder de grupos que encaminan los atávicos deseos de justicia a sus estrategias particulares. Para nadie resulta un secreto que la carrera por configurarse en espacios de expectativa de cara a las aun lejanas elecciones del 2011 ya empezó.
Si lo vemos por el lado de una izquierda fracturada y su pobrísimo caudal de arrastre, veremos que la consigna de impulsar una condena en el veredicto próximo a Fujimori no sólo le resultaría muy conveniente, ese es quizás su único gran caballo de batalla, el empujón necesario. Por el lado de los fujimoristas y grupos de derecha que les son afines, la libertad o en último caso, el indulto al ex presidente significaría un salto con garrocha en sus pretensiones si tomamos también en consideración la situación expectante de Keiko Sofía. Como podemos ver, todos pueden ganarse alguito, es por ello que el denominado Museo de la Memoria resulta una especie de comodín, una carta menor supeditada al as bajo la manga, todo en un contexto de poca sustancia y nivel en el devenir político. El asunto del museo esta impregnado de muchos intereses en juego, donde la pelea por el figuretismo y el acceso al micrófono y la cámara resulta vital para mantenerse on the line. Poco queda en realidad del discurso inherente a su concretización y al lema que aparentemente lo guía y que fue también el norte de la CVR: “Para que aquello vivido no vuelva a repetirse”.
Por otro lado, es importante mencionar la semejanza que el propósito del Museo guarda con propuestas parecidas en otros países, mencionemos el Museo del Holocausto en Israel en homenaje a las víctimas del exterminio nazi , pero aquello no ha podido evitar el rebrote del fascismo y la intolerancia en Europa, tampoco la militarización de la política internacional de USA y sus incursiones en Irak y Afganistán, paradójicamente cruel es la mención de una Israel presta al genocidio contra el pueblo palestino. Es decir, la algazara por los homenajes y monumentos parecería ser más parte de un libreto estatuario y majestuoso con el que la fina burocracia de grupos de sociedad civil y organizaciones tan desprestigiadas como la ONU inflan su agenda de actividades para justificar sus presupuestos y empleos.
Valga la mención de otro enfoque sobre la idea del museo. La pura exposición de material fotográfico sobre cadáveres exhumados, las heridas en carne viva, el llanto y desesperación de las familias y sobrevivientes tienen que ver con los viejos métodos aleccionadores de los que nuestra educación moral y religiosa se siente tan orgullosa. Un somero recorrido por el valle de lágrimas de nuestra historia nos acerca a la muestra de los rigores purificadores, de la experiencia inquisitorial y a la praxis de un catolicismo cuyas aplicaciones y abluciones (presentes también en las visiones que del infierno y los cuerpos consumiéndose en sus llamas bajo temibles sentencias guarda la pintura barroca colonial en los conventos) mantienen estrechas semejanzas con la perversión que dicen rechazar y sojuzgar. Una especie de autoflagelación por los pecados cometidos que a través de la exposición del hecho mismo busca su alejamiento pero que en realidad resulta un teatro del horror audiovisual que estimula el morbo y la excitación por lo tanático. Cabe mencionar la exposición de los instrumentos de tortura en los museos dedicados a labor de la inquisición No es casual esta inducción al miedo que aparentemente pretende absorber el terror, materializarlo para no convivir con el terror invisible, inaudible que nos rodea, que resulta cotidiano, es pues evidente que la canalización de emociones, esta especie de oferta de un futuro de paz y armonía social luego de la respectiva expiación de culpas reconociendo las ansias y los miedos del auditorio dice presentar soluciones a través de la catarsis que provoca en la expectación del horror.
Nos lo dice el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo, “El miedo depende de la norma, la norma depende del miedo. El orden sólo puede prevalecer a condición de exhibir lo que lo niega, por eso el temor tiene que encarnar siempre en los ajeno, en lo inasimilable, porque su sola presencia amenaza con desfondar todo sistema revelando su contingencia, su gratuidad. Debe haber emblemas del caos, pero a una distancia prudente, adecuadamente representados, explicados, sometidos también al sentido; por la otra punta, el terror es la figura del sinsentido, lo irrepresentable, que sólo accede a la conciencia a condición de ser negado, a condición de ser expropiado – desde su definición – por el sentido. Lo que causa miedo es, así, lo otro pensado desde el discurso del poder”[1].
Susan Sontag en su ensayo sobre la fotografía, constata que “toda imagen fotográfica ofrece al receptor tanto participación como alienación. La participación hace que lo distante en el tiempo o en el espacio pueda ser de nuevo revivido en la proximidad más íntima. La alienación pone de manifiesto los límites de esta experiencia de recuperación, e implica que la realidad a la que accedemos y en la que participamos de nuevo es una realidad fragmentaria y aherrojada dentro de un encuadre, es decir, una realidad definitivamente privada del contexto y de la continuidad temporal originales, aspectos decisivos a la hora de plantear una interpretación radical de las huellas plasmadas en la imagen. La participación que permite la fotografía en ausencia de marco contextual, aunque admirable en términos retinianos, es una participación vicaria superficial”[2].
No es casual tampoco ver la fotografía en traje a rayas de un Abimael Guzman rugiente y blandiendo el puño en alto el día de su presentación ante la prensa luego de su captura, al lado de imágenes de mujeres campesinas que velan las ropas de sus muertos ante la ausencia de los cuerpos.
Existen pues evidencias de sometimiento psico social, la imposición idealista de que tras las matanzas hubo una lógica de irracionalidad y desquiciamiento, sin plasmar un cuestionamiento mayor, una reflexión que a través de la propiciación de un dialogo maduro pueda evitar repetir el pasado. Esto tendría que tomar en cuenta de manera integral los reales antecedentes históricos de nuestro país que desencadenaron una guerra - a estas alturas diversos medios ya aceptan la noción de guerra que antes sólo achacaban a la interpretación senderista - No será fácil acceder a ese ansiado debate nacional, no lo auspiciarán ni lo propiciarán instituciones que juegan con el miedo a su favor señalando de terroristas a quienes se animen a pensar diferente a lo ya establecido. Jugar a evitar el terror es muy peligroso cuando se dice que se lo quiere evitar cuando en realidad, se abonan semillas de confrontación que serán cosechadas en un futuro o tal vez este siendo ya en el presente. Terminaremos este artículo mencionando al eminente filósofo Fernando Savater que a su vez cita a un gran pensador, como fue el rumano Emil Cioran “Lo trágico del pensamiento político reside en esa fuerza oculta que lleva todo movimiento a negarse a si mismo, a traicionar su inspiración original y a corromperse a medida que se afirma y avanza. Es que en política, como en todo, uno no se realiza más que sobre su propia ruina”[3]
El Museo de la Memoria, por lo tanto, no solucionaría absolutamente nada.
™ Lima, 19 de marzo de 2009
[1] ESCALANTE Gonzalbo, Fernando, La política del terror, México D.F. Editorial Fondo de Cultura Económica, 1990
[2] SONTANG, Susan. Sobre la fotografía. Barcelona: Edhasa, 1981, p. 177. Citada por José Alberto Conderana en su ensayo “Violencia, anomia, comunicación” Facultad de Comunicación de la
Universidad Pontificia de Salamanca - mayo de 2003
[3] SAVATER Fernando “Del exterminio democrático de la democracia” Prólogo al libro “Dialogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” – Muchnik Editores. México D.F. 2002.


