Visite: http://myspace.com/octaviom00
4 y 5 de Junio: Seminario Internacional "Crisis Global y su Impacto en los Derechos Sociales"
Junio y Julio del 2009: JNE - Martes Electorales y Curso de Especialización
Más información de cada uno en: www.jne.gob.pe
Junio 2009: Curso - Tratamiento de Conflictos entre Empresas Mineras y Entorno Social
Haga "click" en la imagen para agrandar.
Más información en: www.colegiodesociologosperu.org
Revise el Programa Completo en: www.cadeuniversitario.com.jpg)
Más información en: www.j-cps.tk.jpg)
Haga "click" en la imagen para agrandar.-
Mas información en: www.bnp.gob.pe
Realizado en exclusiva por Antarki
Comentarios a: antarki@elestandarsocial.com
Por Carlos Eduardo Pérez Crespo
Politólogo (PUCP)
En “Los Condenados de la Tierra” Franzt Fanon describía cómo la descolonización en el tercer mundo implicó per se un proceso de guerra y violencia. La lucha por la liberación nacional, entonces, tendría que ser sangrienta y, por ende, habrían de morir miles de personas. Más allá de la crudeza política, las afirmaciones de Fanon nos llevan a preguntarnos sobre qué naturaleza de lo político está detrás de sus ideas. Y la respuesta no puede ser otra: la política también es guerra y violencia.
Al respecto hay dos posturas ideológicas que parten de esta consideración. Por el lado de la izquierda encontramos a la tradición marxista, leninista y maoísta, en donde la lucha de clases y la guerra de guerrillas se consideran como legítimas en la obtención del poder político. No obstante, y como contraposición, la legitimidad de la violencia también está presente en las perspectivas ultra-conservadoras. Pensemos en Juan Donoso Cortés y Carl Schmitt, para quienes la conservación del orden, la paz y la seguridad, estaría más allá de cualquier pretensión de consenso democrático o diálogo, pues lo que importa es la decisión frente al caos social.
Hasta ahora, entonces, somos conscientes de que para algunas ideologías la política es guerra y violencia, pero ¿de dónde viene la idea de que la política es NO-violencia y NO-guerra? La respuesta es clara: del liberalismo político. Es sabido que el liberalismo es más una ética sobre lo político que una forma propia de pensamiento político, ya que busca preservar la vida, la libertad y la propiedad de los individuos a través del Estado de Derecho. Para el liberalismo, por tanto, la guerra no es la continuación de la política por otros medios, como diría Carl Von Clausevitz, sino el fracaso de la política entendida como diálogo, consenso, debate, etc.
En el Perú la organización más importante que entendió a la política como guerra y violencia fue Sendero Luminoso. Desde sus orígenes, a inicios de la década de los ochentas, el partido de Abimael Guzmán le declaró la guerra al Estado peruano, para lo cual el uso del terror y la violencia eran sus medios legítimos de destrucción del status quo y consecución del poder político. Sendero Luminoso consideró que estaba haciendo una guerra que, al mismo tiempo, era política; sin embargo, el Estado peruano le respondió como lo hubieran hecho los ultraconservadores: reprimiéndolos y eliminándolos. La guerra, de este modo, se tornó absoluta y el culto a la muerte jamás se hizo tan cercano y análogo a la política.
Si es que Carl Schmitt o Mao Tse Tung estuvieran vivos, afirmarían que en el Perú nunca más se vio de manera tan fehaciente la esencia de lo político como en la guerra interna de la década de los ochentas. ¿Por qué? Porque el Perú jamás habría visto tan de cerca este entendido como en el enfrentamiento directo entre la dictadura de Alberto Fujimori y los objetivos de Sendero Luminoso, ya que al haberse destruido la democracia constitucional y sus principios, la política llegó a ser sólo una cosa: eliminar al enemigo.
En conclusión, partiendo de la idea de que la política es guerra y violencia, la destrucción de los enemigos se torna en el fundamento de lo político. Este postulado puede ser difícil de comprender, pero si realmente queremos que la historia de violencia “no se repita”, hay que conocer cómo funciona y bajo qué lógicas se mueve la idea de la política como guerra y violencia. En este sentido, hay que hacer un intento racional sobre lo que consideramos irracional, pues aún para muchos la política sigue consistiendo en un culto obsesionado a la sangre. La pregunta de fondo es: ¿qué haremos frente a esto?
Realizado en exclusiva por Antarki
Comentarios a: antarki@elestandarsocial.com
Por Esteban Poole Fuller
Estudiante de Derecho (PUCP)
Estas semanas en que se reinician las clases son un buen momento para darle la bienvenida a los contingentes de estudiantes que vuelven con la expectativa de los cursos que los esperan. Naturalmente esperamos que hayan disfrutado con especial intensidad sus últimos días de vacaciones. Sin embargo, para no pocos la última quincena de esparcimiento se ha convertido en un calvario. El motivo de ello es el proceso de matrícula y la compleja serie de gestiones e instancias que implica. Me referiré a mi propio caso, que sólo ilustra el de muchos compañeros igualmente entrampados en esta maraña.
Imagínense estar egresando de Estudios Generales a la facultad, hacerlo con las notas más altas y habiendo cubierto en 4 ciclos más créditos de los requeridos… y darse con la sorpresa de que, en la matrícula virtual eres expulsado de las vacantes en cuanto horario te inscribes. No me explicaba a que se debía esta exclusión. Lo primero que temí es que mi preinscripción había fallado debido a una sobrecarga del sistema. Recordaba haberme prematriculado en 7 cursos pero no figuraba un sólo crédito. Tampoco estaba atrasado en mis pagos. Era sin duda una situación muy extraña. Tras consultar al secretario académico de la facultad a la que debía entrar me di con una sorpresa mayúscula: faltando dos semanas para el inicio de clases no había pasado a facultad, seguía en Estudios Generales Letras. La razón era que me faltaba el certificado de inglés del centro de idiomas. Resulta que la universidad exige que todo el que pase a facultad acredite saber inglés.
Por ello el ciclo pasado estuvieron publicitando un examen de esta lengua (o en su defecto la entrega de un certificado de conocimientos) para quienes pasaban a facultad. A pesar de ello el proceso no quedaba muy claro y en mi caso no pude llegar a distinguir si era para todos o sólo para quienes habían desaprobado la sección de ingles del examen de ingreso. El 24 de febrero –día de inicio de la matrícula- había vencido el plazo para entregar los certificados. Como resultado, todos aquellos que no tuvimos la fortuna de comprender la naturaleza del proceso quedábamos en una especie de limbo académico. Una gran ironía pues no solo tenía un consolidado curricular respaldando mi solvencia académica sino que mi inglés es fluido y tengo dos certificados que lo demuestran.
Afortunadamente pude apelar al decano de Letras e iniciar gestiones para que el centro de idiomas admitiese como válidos mis certificados. Digo afortunadamente porque al poco tiempo el decano salió de viaje por una semana. Tuve que recurrir a los buenos oficios de las secretarías académicas, que, a decir verdad, actuaron con celeridad. Pero esto no es todo, faltando una semana para el inicio de clases me encontré con que era eliminado de los pocos cursos donde había conseguido vacantes porque el sistema sólo elimina a los candidatos cuando culmina la matrícula virtual. Finalmente y tras una serie de arduas gestiones por parte de la secretaría académica de Letras para convencer al Centro de Idiomas de aceptar como válidos mis certificados de inglés conseguí inscribirme en seis cursos en la matricula presencial el miércoles de la última semana previa al inicio de clases. Se trató en propiedad de ser salvado por la campana.
Tal vez algunos consideren banal este relato. El problema al que me refiero, no obstante, es importante. Los procesos de matrícula son su expresión más dramática, pero en general los estudiantes de la PUCP estamos sometidos a una serie de procedimientos burocráticos que nos complican la vida (matrículas, pruebas extra-académicas, inscripciones, boletas, entrega de certificados) y, aún más, paralizan numerosas iniciativas (como las trabas a la difusión de esta publicación) y constituyen, a menudo, una auténtica muralla de papel. En el caso concreto de la matrícula considero que los puntos críticos son: los plazos rígidos para egresar de la facultad y adelantar cursos, la dispersión de instancias a las que se debe acudir, la falta de difusión e información clara sobre los requisitos para el proceso.
Agregaría como problemas secundarios (aunque no menos graves) las fallas informáticas que hacen creer a los estudiantes que han obtenido vacantes cuando en realidad no pueden matricularse y los cruces de horarios (agravados en los casos en que existan prácticas) que llevan al alumno a seleccionar combinaciones sumamente engorrosas. En estos momentos no tengo una respuesta clara para estos problemas (sobretodo para los segundos), me limito a plantearlos a la espera de que en un futuro nuestras autoridades tomen medidas al respecto y los estudiantes planteemos propuestas en ese sentido. Es más, tengo noticia de que en una facultad como Estudios Generales Ciencias no se da apoyo a alumnos que se retrasan con sus trámites. Hay, en suma, muchos ángulos desde los cuales criticar este estado de cosas que fustigan a todos los estudiantes y que traban a aquellos que quieren hacer algo por enriquecer la vida universitaria.







